LA LEYENDA DE LA HEREDERA DE TOBAJAS
Capitulo I
Al norte de la Veguilla de Caravantes, y a una distancia de dos kilómetros del pueblo, se levantaban las ruinas de la Casa de Tobajas. Ni fue palacio, ni casa-fuerte, ni meramente una granja porque de todo participaba. Dos torreones cuadriláteros, unidos entre sí por otro cuerpo de edificio y todo ello rodeado de una elevada tapia, defendidas por rejas de hierro las ventanas, eso debió ser la morada de esos señores.
Eran hijos-dalgo, y aún en la puerta principal de la muralla se ven dos escudos de épocas muy distintas, pertenecientes el uno tal vez al siglo XII o XIV y el otro a últimos del XVI o principios del XVII. El escudo es cuartelado, el primer cuartel tiene bordura de plata con ocho cruces de gules flordelisadas y una torre almenada de oro sobre fondo sínople. El segundo obstenta contrapuestas dos torres de oro en campo de gules y dos cruces de gules también flordelisadas sobre sínople; en el tercero dos lobos negros en campo de oro; y en el cuarto tiene por orla una cadena de oro que se apoya en los extremos de una banda negra en campo de plata.
No obstante, difícil para probar es la legitimidad de los blasones, pues los de un escudo desmienten los del otro en el cual están trastocados los cuarteles y lo que es banda en el uno es barra en el otro. Ambos concuerdan en la ausencia de celadas y cimeras heráldicas.
Ya en el siglo XVI había desaparecido el dominio de los Tobajas y la finca era propiedad del hidalgo Don Diego Valdivieso, que a finales de aquel siglo puso pleito a los Concejos de la Peña, Quiñoneria, la Alameda y Caravantes sobre ciertas franquicias y derechos que le negaban.
En 23 de octubre de 1595 quedó transigido el pleito, reconociendo los Concejos la hidalguía de Don Diego y renunciando éste a otras pretendidas exenciones.
Los apellidos Tobajas que llevan muchos vecinos de Caravantes no deben de ser de los Señores, sino que, a la usanza de aquel tiempo debieron adoptarlo los criados o donceles, que lo han perpetuado con más fortuna que sus amos y principales.
La desaparición de los Señores de Tobajas tiene sus ribetes dramáticos. Los vecinos de Caravantes comienzan a olvidar la leyenda y bueno será fijarla para recuerdo de los venideros. Hay quien habla de una niña encantada y no es extraño que hayan confundido esta leyenda con alguna otra de las muchas a que ha dado origen la cercana Cueva de las Brujas.
En el Archivo Parroquial se
conservan documentos que hablan de la desaparición de un joven heredero de un
mayorazgo, cuyos bienes reclamó un tío a los 16 años de haber desaparecido el
sobrino. Esto es muy verosímil en aquellas épocas. Vamos pues a reconstituir la
tradición en la única forma posible.
Capítulo II
El último señor de Tobajas vivía en
la solitaria morada, en compañía de su hija única y de la servidumbre, en
aquellos tiempos de la Reconquista en que todavía merodeaban, por estas tierras,
algunas cuadrillas de moros cometiendo toda clase de excesos.
Uno de los jefes de esas cuadrillas, exacto conocedor del país, acertó a ver y a
enamorarse de la muchacha, cosa muy frecuente entre los voluptuosos secuaces de
Mahoma, y puso todo su empeño en apoderarse de la joven. Preparó sus hombres,
sobornó a una de las viejas criadas de la casa, y después de las muchas
tentativas que desvaneció el cuidado del padre, llegó un día en que éste se fue
a la próxima hueste, que se hallaba al sudoeste, a cincuenta pasos de la
muralla, a distraer sus ocios. La moza fue, con permiso y convenio de la vieja,
a contar sus cuitas juveniles a la deliciosa fuente, que brota a cosa de
doscientos pasos al Norte del Castillo, y la vieja púsose a cantar con rebuscado
esfuerzo las trovas aprendidas en su mejores años.
El buen viejo, desde la huerta,
escuchaba con agrado los antiguos cantares, que le recordaban a él tiempos más
venturosos, y los tres absortos en sus pensamientos, estaban el ama en la
ventana, del mediodía, el viejo en la huerta y la hija entretejiendo guirnaldas
de juncos y de flores.
Un hombre que había estado durante
horas y horas acurrucado detrás de una de las enormes piedras que forman el
cruce de las peñas del cuarto, a poca distancia de la fuente, comenzó a andar
con paso disimulado y azadón al hombro y sintió una sed voraz y quiso beber en
el arroyo. Llegó al lado de la muchacha y en menos tiempo que se cuenta le tapó
la boca con su pañuelo, cargósela al hombro y corrió a doblar el cruce. La vieja
seguía cantando. El anciano se felicitaba interiormente de aquella paz y
alegría, que reinaban en la casa.
Capítulo III
El raptor había calculado bien su
negocio. Así que la niña llegó detrás de las peñas, la despojó de sus vestidos y
le puso otros que traía preparados. Un jinete cargó con el vestido de la niña, y
tomó el camino hacia Reznos que luego abandonó para internarse en el monte.
Antes de partir el jefe le dijo en algarabía:
— ¿Estás enterado?
— Estoy enterado.
— Álcali sea con nosotros—. Y se separaron. La niña ataviada con su nuevo
ropaje, fue cargada en brioso caballo, sostenida por su raptor y tomando la
dirección, a mano derecha, viéronse a los cinco minutos en lo más espeso del
escabroso monte andando como podían hacia Torrelapaja. A cincuenta pasos del
camino, pero en. lugar inaccesible hicieron alto. La niña pudo respirar
libremente y aún pudo llorar cuando se lo permitió su impío amante. Y después
atravesaron mil sendas y vieron de lejos muchos pueblos y estuvieron durmiendo
algunas noches al sereno... y la muchacha no supo dónde se hallaba.
Capítulo IV
Una hora más tarde todo era
alboroto en la Casa de Tobajas. Cansado el anciano de la soledad de la huerta,
le asaltó el recuerdo de su hija y fue a buscar sus besos y caricias.
Entró en su habitación y la niña no estaba. Fue a su cuarto, tampoco estaba
allí, fue a la cocina, y la vieja le contó muy sencillamente cómo la niña le
daba en qué pensar, porque se había ausentado y no volvía. Tampoco estaba en la
fuente. ¡Qué rareza para vieja: Es singular —decía la taimada—, y me da mala
espina. Y registraron toda la casa y preguntaron a todos los criados, y nadie
sabía una palabra. La vieja sabía menos que todos.
—¡Ira de Dios!... —exclamó el viejo—, buscad a mi hija.
Y la buscaron en vano, porque no
estaba en casa, ni en la fuente. ¿A dónde podía haber ido la muchacha? La vieja
tampoco lo adivinaba. Miraron la vega, la huerta, ¡no estaba! Tres horas después
el pueblo de Caravantes estaba como en días en que le amenazaba la morisma. Por
todas las direcciones salieron emisarios en busca de la doncella; el anciano de
Tobajas contenía el aliento y corría de ventana en ventana atisbando, escuchando
con ansia... Llegó un criado a la esquina de la muralla.
Había hallado ya el rastro; en el camino hacia Reznos se encontraron algunos
retazos del vestido de la niña, ¡natural! eran las señales que iban dejando para
marcar su paso y orientar a los que la buscasen.
Pero todo fue en vano, antes de
llegar a Reznos se perdía el rastro para aparecer allí en la Bigornia y volver
hacia atrás formando cruces y círculos. Al último encontraron los restos de los
vestidos. ¡Se desvanecieron todas sus esperanzas!
El Señor de Tobajas a los ocho días salía triste y cabizbajo de su morada
señorial. «No volveré a ella» —decía—... y no volvió él ni volvieron los
sucesores.
La morada quedó sola y abandonada y entregada a los azares del tiempo que poco a
poco la van demoliendo.
Publicada en el periódico Urbión,
de Soria.
Fuente: Leyendas de Soria